Mirada
profunda, piel tostada, gesto sereno. Carlos Rodríguez es un hombre de
apariencia sencilla y cuerpo menudo. Estamos uno frente a otro, entre débiles
paredes de rafia. Y a nuestro alrededor, decenas de objetos amontonados. Un triciclo,
un hornillo, varias garrafas de agua en fila, unas cuerdas a modo de
tendedero... Es un día gris de lluvia intermitente y bajas temperaturas. Pero
la bienvenida es cálida. Un pequeño perro canela de orejas caídas inspecciona
mi presencia, olisqueando los alrededores. El entrevistado, arrepentido exteniente
coronel de las Fuerzas Armadas de Cuba, ha vivido la vida intensamente. Desde su
etapa más joven, cuando fue un ilusionado defensor del socialismo castrista,
hasta hoy, a 7.447 kilómetros de su isla, viviendo un forzoso y desafortunado destierro.
Y eso que se suponía que los traían aquí para empezar de cero, con la condición
de refugiados, lejos de los barrotes que condenaban a Carlos -y a sus otros
diez compañeros- por pensar diferente.
Carlos Rodríguez Clavijo, exiliado cubano en España.
Es un hombre que
desborda carisma. Sabe combinar su firmeza y su marcado acento cubano para
producir una retórica deliciosa, casi poderosa, que engrandece su voz rasgada.
Carlos, que sobrepasa el medio siglo, vive el castigo del exilio en las calles
de Madrid. Los últimos años, en Cuba, era uno de los incómodos opositores que
llaman a las cosas por su nombre: a la censura, censura; a la pobreza, pobreza;
a la corrupción, corrupción. No se le resiste ni el léxico más prohibido para
los cubanos. Por eso pasó tres años y cinco meses en la cárcel, "es un
campo de concentración", como él recuerda. Un calvario al que los
políticos pusieron fecha de caducidad: 8 de abril de 2011. Se trataba de un
acuerdo entre el Gobierno de Zapatero y los Castro, que contaba con la mediación
de la Iglesia Católica cubana. El grupo de once presos políticos no intervino
en las negociaciones. Solo aceptaron salir del país, según Carlos, "bajo
fuertes coacciones y amenazas". Y continúa, tras una breve pausa:
"fuimos sacados de la cárcel por la puerta de atrás hasta el aeropuerto
José Martí de La Habana y, en Barajas, nos hicieron entrar también escondidos
como si fuéramos delincuentes. No era lo que esperaba de un país que se supone
democrático". Pero no era la única sorpresa desagradable que les esperaba
en la Madre Patria. Las cláusulas del acuerdo entre los dos países para su inserción
en la sociedad española que abarca trámites como la homologación de títulos, no
se han cumplido. Tampoco, los programas de acogida que han de ayudar a la adaptación
de los refugiados en su nuevo entorno y que corre a cargo del Fondo de Ayuda a
Refugiados de la ONU. Por eso, hoy su casa no es de ladrillo y teja, sino de tela. Un refugio para refugiados. Pese
a su aspecto improvisado, lleva más de 600 días formando parte de la Plaza de
la Provincia. Querían así estar a las puertas del Ministerio de Asuntos
Exteriores y Cooperación, situado en una
de las zonas acomodadas de la capital, al inicio de la Calle Atocha y a escasos
metros de la Plaza Mayor.
Allí, donde confluye el trasiego de elegantes
funcionarios y curiosos turistas, aunque queramos evitarlo, nos topamos con
ellos, en permanente protesta. Han instalado todo un campamento, a prueba de la
lluvia que en un día como hoy les resguarda aunque el frío se cuela hasta dentro
por la entrada. "El Ministro
Margallo nos ha dicho que no pueden hacer nada. Nos dicen que nos busquemos la
vida, ¿nos están incitando a que ocupemos algún piso? Somos la oposición
cubana, no somos ladrones. Preferimos vivir en la calle". Entre sus
palabras, se distingue algo de frustración y una pizca de rabia contenida.
Sentimientos inherentes al proceso de acostumbrarse a pasar los días -y las
noches- sin que nadie les dé una solución en un país que se ofreció generosamente
a darles asilo. En una ciudad donde son
respetados y queridos. Donde despiertan la empatía de muchos madrileños que,
después de conocer su causa, la sienten como propia. Y que Carlos reconoce con
la humildad que le caracteriza: "sobrevivimos gracias a la solidaridad del
pueblo español, nos ayudan mucho. Estamos orgullosos de ellos, pero no de los
Gobiernos ni de los partidos políticos. Ninguno representa los intereses del
pueblo porque todos son iguales. Primero el PSOE nos sacó de allí sin poner
interés en preparar el acogimiento nuestro, su interés era apoyar a los Castro
aliviando la presión que tenían dentro de la isla y ahora el PP tampoco hace
nada". Carlos ha perdido la fe en la política, pero no en Dios. Se aferra
a sus creencias y a su entereza. "Si los Castro no han podido con
nosotros, esto tampoco podrá".
Se apoya,
también, en sus compañeros, sus "hermanos de la lucha": Miguel,
Douglas, Osbel, Miguel Ángel, José Miguel, Roque, Raysa... Gente cualificada -entre
ellos, médicos, ingenieros aeronáuticos o ingenieros agrónomos- que, gracias a
eso, ha podido viajar y despertar al ver la realidad desde fuera. Y a la
vuelta, todos han padecido el lado más amargo de la dictadura. Algunos, con más
de 10 años en cárceles cubanas a sus espaldas. Muchos, con problemas de salud.
En un momento de la conversación, Carlos se detiene y rebusca, muy
tranquilamente, entre unos folios. Me acerca uno de ellos. Se trata de una
fotografía impresa, de calidad mejorable pero en la que se distingue a un varón
recostado sobre una camilla. Es Osbel Valle Hernández, uno de sus compañeros de
la oposición cubana. De familia activista -es hermano de Osbel Valle Hernández,
otro de los acampados- ha sido una de
las obsesiones de la policía de los Castro. La foto corresponde a su llegada a
España, donde los médicos le encontraron numerosos coágulos en la cabeza, según
él, provocados por las agresiones físicas sufridas en la cárcel. Fue operado de
urgencia y se encuentra bien. Es la prueba que enseñan a la gente que se interesa
por la situación de derechos humanos en Cuba.
"Los que denunciamos a la dictadura Castrista allí corremos peligro
de muerte. Nosotros sabemos que Payá fue asesinado y ahora tememos por la vida
de la bloguera Yoani Sánchez".
Carlos se
muestra indignado con la escasa respuesta de la comunidad internacional ante
estos ataques. "En la isla, todos tienen intereses económicos. España, con
las cadenas hoteleras como Melià, que es la dueña de los hoteles en Cuba. Los
empresarios españoles le pagan al Gobierno cubano cerca de 2.000 euros por
trabajador y estos solo reciben unos 20". Para ser exactos, se refiere a
los 26 hoteles repartidos por ocho ciudades de playas de arena blanca y
caribeña agua turquesa. Rotundo, integérrimo, añade: "Para mí, quien
alimenta a un dictador es tan dictador y asesino como el propio dictador".
Su clarividencia, casi poética, me recuerda
a aquellos versos de Quevedo, mas
pues que su fuerza humilla al cobarde y al guerrero, poderoso caballero es don Dinero.
"Las
ganancias van al bolsillo de los Castro. Las fábricas dan pérdidas y las sufre
el pueblo. Así que no me hablen de bloqueo porque bloqueo es lo que tiene
puesto Castro al pueblo de Cuba. No le deja ser emprendedor, que no le deja
desarrollar las ideas y que solo se hace lo que él dice y lo que él
quiere". Un discurso que realmente trasciende cuando sabes que el joven
Carlos fue un entusiasta del socialismo castrista. Sobre los motivos concretos
de su arrepentimiento, concluye: "muchas cosas que uno ve, quitaron a un
dictador para ponerse ellos y que haya más desigualdades aún." El gesto de
su cara cambia cuando se va a referir a su familia y las dificultades que
atraviesan para cubrir sus necesidades vitales más básicas. Señala una caja de
varios briks de leche que hay en el
suelo y reflexiona en voz alta: "tenemos leche, huevos y todo, pero no
puedo comer mucho porque casi estoy en una huelga de hambre voluntaria al
pensar en mi familia, en mis nietos, ¿qué comerán allá? El sueldo básico son
7,50€ al mes. Toma ese dinero, ve a un mercado y compra todo lo más barato que
haya. De lo que logres meter en una bolsa con esos 7,50€, es de lo que vive una
familia. A eso le añades 5 libras de arroz (2,5 kg) que le corresponden a cada
uno por la cartilla de racionalización.
Y los hijos de Castro viajan el mundo, estudian en España en universidades
privadas. Viven del sudor del pueblo cubano".
La animada
conversación se ve interrumpida cuando se enciende un cigarrillo, no sin antes
haber ofrecido. Y sigue con su discurso, imperturbable, mientras el humo aporta
un halo de intriga a su historia. Sin darnos cuenta, ya han transcurrido un par
de horas. Con absoluta franqueza, admite: "lo que está pasando en Cuba es
una vergüenza. Me da tanta rabia que me tengo miedo del odio que está
albergando mi corazón. Porque no es de humanos ni es de cristianos el odio.
Pero mi corazón ya no tiene otra cosa "
Mientras tanto, han
entrado y salido varias personas. Una niña se nos queda mirando, con media
sonrisa. A su lado, una mujer de rostro dulce lee, ajena a la conversación.
Carlos explica que es la esposa de un opositor que todavía sigue preso.
Otro
chico joven aparece por allí. Se sienta en una silla plegable. Acaba de ser
padre y se muestra preocupado por su futuro. Un poco más lejos, se encuentra un
hombre mayor, a quien Carlos llama Comandante.
Tras una apariencia frágil por el paso de sus 74 años, se esconde un rebelde
que se alzó junto a los Castro en 1958. Fue uno de los tripulantes del mítico Granma, junto con Raúl y Fidel Castro, Camilo Cienfuegos y el Che Guevara. Otro
desengañado revolucionario que vio alejarse el ideal de la democracia tras la
caída de Batista.
Cada cual, con
su historia. Llego a preguntarme cómo todos ellos y, en especial Carlos, un
potencial líder de masas, estaba durmiendo en la calle. Parece que cada golpe que le ha dado la vida
le hubiera agregado un poquito de carisma convirtiéndolo, 51 años después, en
un contenedor de las historias más conmovedoras narradas en primera persona. Ni
la cárcel, en Cuba, ni los tres ictus que ha sufrido en España, ni el frío de
la calle, ni la indiferencia de los Gobiernos ante su situación le han
desanimado lo suficiente como para dejar de defender sus ideas. Aquí o allá.
Quizás, pronto en un tercer país, lejos de España, en un Estado que cumpla con
las obligaciones hacia los refugiados. "Queremos una solución a nuestra
situación de asilo pero también recordar a todos que Cuba es una cárcel de 12
millones de habitantes. Y ahora es el despertar del pueblo de Cuba porque antes
se hunde la isla que tener otro dictador. Estamos preparados para ser libres".
Y allí siguen a
día de hoy, incansables, en la puerta del Ministerio. Su situación es la misma
que hace año y medio. El campamento, presidido por una imperante bandera
cubana, ya es un elemento más en el paisaje de la plaza. Donde algunos
transeúntes habituales se detienen a saludar a "los cubanos de la
plaza" -así los conocen- y, tras preguntarles qué tal, se despiden. Hasta
el día siguiente.
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